Solo del cansancio emergen fuertes los campeones verdaderos. El Giro es la liturgia de la fatiga y la paciencia, el fuego lento que cuece al baño María a voluntariosos aspirantes en etapas de seis horas, de casi 240 kilómetros, que permiten separar el grano de la paja. Por Molise desconocida, la Extremadura de Italia, maravillas que los turistas no saben apreciar, por pueblos como Mafalda o Isernia, un poco de inteligencia, o de memoria, se filtra en los duros caletres de los directores, tan brutos como siempre pero que, como alcanzados por un extraño rayo de inspiración y miedo, y una señal caída del cielo, la caída de Roglic, ileso, deciden contradecir sus hábitos. Ya no fuerzan a la fuga a los más débiles, sino a corredores duros, resistentes, peligrosos, instrumentos de una estrategia que piden lluvia a las nubes que empiezan a cubrir el cielo frío y que esperan que ante la explanada de Renzo Piano en San Giovanni Rotondo, en la Apulia, ante el Gargano estremecedor que marca el tacón de la bota en los mapas, al terminar la etapa comience a contarse un nuevo Giro.
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