En el mundo de la montaña tienden a disiparse cuestiones fundamentales. Antes de que algunos abrazasen el montañismo como un objeto más de consumo, la mayoría trataba de colocarse a la altura de la montaña, esto es, sin buscar atajos y trampas para lograr lo contrario: degradar la montaña a la altura de su incapacidad. Si el Everest representa el triunfo de este artificio, su triste realidad se explica por cuestiones de ego y de simple y puro engaño o ingenuidad. Por ejemplo, muchos de los que estos días han colapsado el techo del planeta aceptaron anuncios como este: “Si desea descubrir qué se siente en el punto más elevado del planeta y dispone del capital suficiente para compensar su edad avanzada, su deficiente condición física o su miedo al riesgo, puede apuntarse al servicio VIP del Everest ofrecido por…”.
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