Atronó la banda sonora de Juego de Tronos al tiempo que arribó a Montilivi el autobús del Levante, envuelto entre abucheos y gritos de “¡Girona, Girona!”. Reclamó Eusebio a su afición que alentara al equipo, que estuviera también a las duras tras un año y medio de luna de miel. No pudo haber mejor replica de la hinchada, que acompañó en masa al equipo en su trayecto al estadio y recibió al autocar con una riada de bengalas y petardos para formar una bruma y estruendo que daba más épica a la bienvenida. Era el día del desgañite porque no quedaba otra, porque las siete derrotas en los últimos ocho encuentros –una losa de difícil digestión- ponían al Girona en la pira de Segunda a no ser que firmara un triunfo y consiguiera una bola extra para depender de sí mismo en la última jornada. Lo necesitaba porque de lo contrario podía darse de bruces con el mayor de los castigos, con el descenso. Pero las cábalas nada tenían que ver con el balón en juego y ahí el Girona dio otro paso de cangrejo. Quizá el penúltimo porque la vida, a falta de una jornada y una quimera, se le agota.
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