En Bolonia pides un helado y la joven que atiende te canta una canción, que es una poesía, y suelta una lágrima. Un gelato al limone, tararea, triste porque el poeta, Paolo Conte, está muy malito. De Bolonia, donde lo cotidiano tiene otro vuelo, parte este sábado el Giro, el sueño de la inocencia, la edad en la que la víspera de un viaje el corazón late de alegría, de impaciencia, de orgasmo.
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