La subida a San Luca, el sudor de los ciclistas sobre un asfalto nuevo y duro, empinado como una vida sin esperanza, se podría mirar con los ojos del cronometrador atento a solo los datos o con los ojos del soñador capaz de exaltarse ante la nietzscheana demostración del fascista Fiorenzo Magni, que ascendió hasta el santuario de la virgen de Bolonia con la clavícula rota y un trozo de tubular con una punta en sus dientes, que lo mordían fuerte, y la otra atada en el manillar. Alfredo Pérez Rubalcaba habría pasado rápido de la lectura heroica de la acción del novio de la muerte toscano y habría analizado fríamente el truco del tubular y el efecto que sobre la tracción del manillar para tomar impulso tuvieron los dientes en comparación con el brazo inutilizado por la articulación fracturada. Rubalcaba, un cartesiano, hace más de 25 años, le discutió al fisiólogo Sabino Padilla las conclusiones que había alcanzado sobre el superior gasto energético (aún no se hablaba de vatios) de Induráin en las montañas del Giro en comparación con escaladores 15 kilos más ligeros, como Franco Vona. Y de la misma manera, tan fría y desapasionadamente, habría concluido, visto lo que se vio, que a Mikel Landa le espera un Giro muy cuesta arriba. Y habría preguntado, y este Primoz Roglic, este esloveno tranquilo y tímido que a todos ha batido con tanta superioridad, ¿hasta dónde puede llegar? ¿Y qué harán ahora Dumoulin, Nibali, Yates y Superman, los favoritos ya alejados tanto en apenas ocho kilómetros de Giro?
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