Hay derrotas que castigan la carne, a modo de latigazos, y otras que se sienten en el hueso, como los cambios de tiempo. Lo sucedido el pasado martes en Anfield encaja a la perfección en el segundo apartado: un naufragio tan predecible como improbable, esa borrasca que se anuncia en la cadera o en las rodillas mientras disfrutamos del sol en una terraza.
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