En los tiempos muertos de la interminable entrevista a Berlusconi por un periodista clavado al Varys de Juego de Tronos que llena su pantalla a todas horas, la RAI emite el Giro, que llega al Grand Paradiso. El nombre, que designa una montaña blanca, blanca, de más de 4.000 metros, no es un sarcasmo lanzado a la cara de la Italia fea de hoy, ni una ironía, sino un imán que atrae a Landa, ágil, y tira de él como con un hilo invisible. Faltan 15 kilómetros para la cima del primer gran puerto del Giro. A la remontada moral, esbozada el jueves en el Montoso, le sigue la remontada real que hace que el Giro siga vivo.
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