Nada más concluir el partido, Jindrich Trpisovsky, el entrenador del Slavia, hincó las rodillas y se plegó con la cara entre las manos durante medio minuto. Perdió su equipo, pero ganó en orgullo. Justo lo contrario de lo que le pasó al Barça, que se impuso 1-2 para reafirmarse en el doble liderato (en LaLiga y en la Champions), pero que extravió una vez más su identidad, solo sustentada por el poderío en las áreas con Messi y Ter Stegen. Ambos fueron la imagen tras el choque. Messi se marchó al vestuario sin dar la mano a ningún rival —cosa que no hace nunca— y Ter Stegen fue a saludar a la afición desplazada para después agarrar el micro: “Me voy cabreado. No hemos jugado al nivel que tocaba. Por suerte hemos conseguido los tres puntos, pero hemos de hablar”.
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