La llamada que cambiaría la vida de Julio Maldonado (Madrid, 1967) le pilló en la bañera. Estuvo a punto de dejarla pasar si no hubiera sido por “el sexto sentido” de su madre, que seguía insistiendo en la puerta del baño: “Cógelo, que es importante”. Así que salió obediente a descolgar el aparato. Esperaba al otro lado Alfredo Relaño, entonces jefe de Deportes de EL PAÍS, que quería contactar con el dueño de un archivo de cintas de vídeo de partidos al que imaginaba como el propietario cincuentón de una tienda de electrodomésticos. Pero resultó ser un estudiante avispado que a mediados de los ochenta logró compaginar su pasión por el fútbol con la emergente tecnología que estaba sacando a la televisión de la prehistoria.
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