mercredi 15 février 2017

Jugar a nada

Se presentó el Barça en el primer duelo de los octavos de final creyéndose el Madrid y el resultado no pudo ser más previsible: la catástrofe. Sin jugar a nada, algo contracultural e históricamente poco recomendable para sus intereses, se desmembró el equipo de Luis Enrique ante los focos del Parque de los Príncipes y frente a un rival que se disfrazó de Barça antiguo, de aquel equipo famélico y gobernante que apenas dejaba otra opción a los contrarios que firmar su rendición sin condiciones. En esta ocasión, el encargado de presentar el documento fue Marco Verratti, cacique indiscutible de un partido forjado a su imagen y semejanza, mientras los azulgrana se pasaban la pluma para firmar la capitulación sin reparar en la letra pequeña, esa que advierte de que al partido de ida lo sigue otro de vuelta. En París, la ciudad en que Lubisch ambientó su inolvidable Ninotchka, las sirenas volvieron a parecer alarmas, no morenas, y el Barça regresó a casa con la sensación de que le habían robado el alma, el estilo y, por qué no, también la cartera.

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