Al poco de empezar la segunda parte, cuando ya nadie en el Bernabéu empezaba a acordarse de él, apareció el balón que tiró Ramos en el penalti contra el Bayern y Casemiro acabó el trabajo. Cuatro años y dos Champions más viejos. Nadie sabía a dónde iba esa pelota cuando la empaló el brasileño. Fue una de esas patadas que se daban en el recreo cuando sonaba la sirena, un ‘a mamarla’ futbolístico. En el colegio, Casemiro hubiera perforado la cristalera de los jefes de estudio; en el Bernabéu provocó la misma ovación, pero saqueando la portería como si en lugar de un balón hubiese pateado el marcador electrónico. Fue uno de esos goles que hacen el mundo mejor. Y probablemente haya aliviado a Casemiro cualquier tipo de angustia vital: sólo él sabe qué se siente cuando se agarra un balón así. Si le hubiese caído a Michael Douglas al principio de Un día de furia la película se hubiese convertido automáticamente en West Side Story, que en América Latina se tradujo como Un amor sin barreras, la historia de Casemiro en el Madrid.
source Portada de Deportes | EL PAÍS http://ift.tt/2lQKQ0f
Aucun commentaire:
Enregistrer un commentaire