Cristiano Ronaldo no es de los que disimulan. Sus gestos hablan por sí solos. Si la grada le pita, resopla, mueve la cabeza de un lado a otro y suelta alguna que otra palabrota. Cuando no marca suele desquiciarse y no siempre se queja por su fallo sino por los de sus compañeros, porque interpreta que tal balón no le ha llegado como debía. En las noches más aciagas, con la portería tan cruzada que el balón no entra ni con un mando, directamente se le ha visto desconectar del juego. Nada de eso pasó el miércoles en la victoria del Madrid contra el Nápoles (3-1) en la ida de los octavos de Champions. El portugués no marcó, no estuvo lúcido en el remate, pero sí en crear juego y asistir a sus compañeros. Sin muecas ni resoplidos por no ser el centro de atención.
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