El filo de la navaja le hizo una herida profunda al Granada, porque el Eibar manejó el acero con aire de espadachín. Ingason agarró a Enrich con tal insistencia que Metu le castigó con penalti. No fue un agarrón, un empujón, un derribo desesperado. Fue un estirón de camiseta educado pero insistente como si vas corriendo a coger el autobús y alguien te agarra una solapa. Comparado con otros agarrones recientes parecía una niñería, pero era opuesto a la ley y Mateu la aplicó como a él le gusta: sin ambages ni memoria.
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