Nada es como parece cuando una pelota está por medio, a todo se le puede dar la vuelta en el fútbol, que seguramente es bello por su naturaleza contradictoria, por esa capacidad que tiene para negar a cualquier rodillo y otorgar oportunidades a los dominados. De pronto un gol ejerce de bálsamo o de penitencia y lo vira todo. Y una vez virado de pronto llega otra diana y lo gira todo de nuevo en sentido contrario. El gol toca el ánimo y en el ánimo está la esencia del fútbol, un deporte que también se juega con las tripas. Bayern y Arsenal fueron y vinieron en un partido que por esas fluctuaciones resultó bello y que vuelve a alertar sobre el poderío de los alemanes, inevitables en la consideración de favoritos a llevarse la Liga de Campeones, un nuevo episodio de castigo para los gunners. Su técnico Arséne Wenger había planteado el objetivo de salir vivos de Múnich, escamado como estaba porque tras seis años cayendo en octavos de final recordaba como en las cinco últimas acabó abocado al milagro tras el partido de ida. Vuelve a estar en ese día de la marmota y a algo más porque lo hace en pleno debate sobre su continuidad.
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