Unai Emery dirigía al Lorca, en el valle murciano sembrado de brócoli, cuando ya sus seguidores advirtieron en él la muy apostólica inclinación de arrimar a su rebaño a las ovejas descarriadas. Dos décadas más tarde, el entrenador del Paris Saint Germain gusta de sacar la lista de jugadores que se redimieron —o espabilaron— bajo su supervisión estimulante. Hasta hace poco destacaban el díscolo Felipe Melo, el casquivano Ever Banega, el flemático Antonio Reyes, el levantisco Ben Arfa y el inefable Jesé Rodríguez. Desde enero la pirámide de la categoría la remata un alemán famoso que a sus 23 años contempla su recorrido como si todo fuese cosa de un pasado remoto y confuso. Se trata de Julian Draxler, que en 2014 jugó 14 minutos en Brasil, ganó el Mundial, y desde entonces compite como si cualquier esfuerzo, por irrelevante que sea, tuviera que proporcionarle una Copa.
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