Hubo un tiempo donde los culés acudíamos enlutados de casa a la disputa de los duelos frente al Madrid, con el ataúd barnizado y la banda de música acompasando la procesión a paso lento, doloso, como en la primera escena de El Padrino II. Nos sentábamos en una banqueta de cualquier bar, cuando en los bares había banquetas y el camarero solo trataba de usted a su madre, entrelazábamos los dedos con fe y al primer disparo de Hugo Sánchez o de Butragueño, ya nos estábamos tirando al suelo o escondiéndonos bajo la mesa, como si aquel balón hubiese abatido a Paolo, el primogénito de los Andolini que había jurado vendettacontra Don Ciccio.
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