El miedo de Ferran Solé cuando fue convocado para el Europeo de 2018 era convertirse en “un lastre para el equipo”. Apenas sumaba seis internacionalidades en un vestuario con mucho callo. “Pensaba que estaría en el banquillo animando y que, si tenía diez minutos, debía hacerlo bien para, al menos, no bajar el nivel de mis compañeros”, reconoce. Su aparición en la lista de Jordi Ribera había sido una sorpresa porque sustituía a un viejo guerrero, Víctor Tomás, 165 encuentros con la camiseta de la selección. Sin embargo, Solé se destapó como un martillo desde el extremo derecho en una España que se coronó campeona continental por primera en su historia: 36 goles y elegido dentro del siete ideal del campeonato. “Me sentí menos vigilado. Nunca había jugado la Champions y casi nadie me conocía”, dice ahora casi a modo de justificación sobre aquella aparición deslumbrante.
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