Fue tan fácil, tan liviano, tan educado el partido para el Athletic (el Alavés solo le disparó dos veces, fuera, y una de ellas en el minuto 88), que a veces se parecía más a una plácida tarde de Londres, bajo un cielo gris oscuro al que le ponía color la velocidad de Williams, el más imaginativo, el más travieso de un grupo de futbolistas con oficio en el Athletic y desnortados en el Alavés.
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