Una etapa maratón, además de lo simpático que resulta ver a los pilotos revisar sus propias máquinas —que las suspensiones estén bien, que el filtro del aceite de las motos quede limpio, algún cambio de motor o arreglo extra, si el día no ha ido bien—, preparar en grupo los libros de ruta —los llamados roadbooks, que les marcan el camino y los peligros—, o dormir en una suerte de comuna, tiene el valor añadido del día después. Una jornada que arranca después de dormir peor de lo que ya se duerme durante el Dakar, y tras un día en el que las tareas de uno se multiplican al no estar permitidas las asistencias mecánicas y el cuerpo duele más de lo normal al no tener la ayuda de un fisioterapeuta, tan habitual su presencia en los equipos.
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