El segundo partido en el Europeo se convirtió en un calvario para España. Ese fue el gran mérito de Hungría, indesmayable en su pugna por negarle velocidad, espacios y alas a la selección de Jordi Ribera. El equipo español no se sintió cómodo en ningún momento, siempre amenazado en un marcador en el que la brecha fue de uno o dos goles todo el tiempo, e incluso algún empate a 17 y a 19. la defensa española se las vio y se las deseó ante los fornidos pivotes y centrales húngaros.
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