Recuerdo que nos levantábamos como gatos atropellados, clientes habituales del exceso asociado a una pasión. Muchos lo negarán, a nadie le gusta presentarse como un degenerado ante la familia política o los compañeros de trabajo, pero fueron días en los que el aficionado azulgrana se despertaba con resaca y torturado por un repicar de campanas que anunciaban boda en la capital. A modo de tormenta perfecta, las noches de ronda y grandes celebraciones daban paso a mañanas de un furioso estruendo informativo, amaneceres frenéticos en los que se anunciaba la llegada de un nuevo antídoto (por lo general carísimo) con el que se pretendía poner fin a la incómoda hegemonía del Barça y bautizar una nueva primavera blanca.
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