El monte Brouilly, un volcán apagado que en los folletos turísticos del Beaujolais siempre sale verde reluciente, casi esmeralda, y forrado de frondosos viñedos, solo se eleva hasta los 480m, pero para cualquier espectador de las imágenes de la etapa del miércoles de la París-Niza, podría pasar perfectamente por una alta cima, azotada por la ventisca y la inclemente nevada. Tanto nevaba en el monte que debería acoger el final de la tercera etapa y también por los alrededores que, a falta de 75 kilómetros para la meta los organizadores decidieron detener al pelotón que entonces comenzaba a escalar el col de los Echarmeaux y ordenar a los ciclistas que se refugiaran en los coches de sus equipos, pues la etapa quedaba anulada.
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