Había mucho que remar en San Mamés. Y no era retórica deportiva. Había que remar porque las piernas debían ser remos para navegar en condiciones y la cabeza el proel que guiara el bote. Remar y remar y remar porque en Bilbao llueve, llueve y llueve como cuando escribía Blas de Otero sobre aquel Bilbao beato y santurrón. Llueve, no porque sea invierno y, ya se sabe, es lo suyo. Llueve porque no sabe hacer otra cosa, por el placer de llover, por cultivar la tradición. Por eso una brigada calentaba el césped para secarlo horas y horas antes del partido, derrochando ese calor que iluminó de verde el campo hasta que los protagonistas lo pisaron y reapareció el barrillo oculto y el blanco fluorescente del agua.
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