Cristiano le venía de meter cinco goles al Espanyol el 12 de septiembre cuando días más tarde se encontró con un amigo al que no veía desde hacía tiempo y que le abrazó animándole: “¡Vaya máquina estás hecho!”. En circunstancias normales, Cristiano habría reaccionado al apoyo con una broma. Esta vez, en cambio, se giró para lanzar una mirada incrédula, hacer un mohín y menear la cabeza. No, no, no. La máquina ya no era lo que solía ser. Y él lo sabía perfectamente. Todos lo sabían. También su amigo.
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