El partido seguía un guion reconocible, como irreconocible resultaba el Velodrome medio vacío, medio silencioso, majestuoso en la forma pero humilde en el fondo tan vacío. Presión, presión y más presión a cargo de dos equipos que sabían de la alta cotización del gol en una eliminatoria tan igualada. Tan grande como es el Velodrome, parecía a veces pequeño como un tablero de parchís por la aglomeración de futbolistas obsesionados por tapar y tapar huecos y más huecos. Así, ni Williams podía correr ni Aduriz casi saltar. Corría y corría N´Koudou, porque sus pilas son inagotables. Y corría y corría Ambrossini, pero siempre detrás de De Marcos.
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