En la carrera de Gareth Bale hay demasiados días que empiezan y no acaban. Es otra historia de fantasmas. Sus constantes lesiones, que viajan por su cuerpo como una maldición errante, han llevado a que su fútbol transcurra gran parte del tiempo en nuestras mentes. Me recuerda a Fran Lebowitz. Desde que en 1981 publicó su último libro, el mundo espera la llegada del nuevo infructuosamente. En los años noventa firmó un contrato para escribir una novela sobre gente rica que quiere ser artista, y artistas que aspiran a ser ricos, y que se titularía Exterior Signs of Wealth, pero no pasó de un deseo. Quizá sus seguidores debieron prestar más atención a su primer ensayo, en el que alertaba contra los impulsos artísticos, afirmando que “si sientes un deseo irrefrenable de escribir o pintar, cómete algo dulce y deja que la sensación se vaya”. Su bloqueo literario, que equivalía a una larguísima lesión, se volvió célebre y pasó a ocupar más titulares que cualquier libro escrito y publicado.
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