El fútbol tiene leyes consuetudinarias. Normas de etiqueta que, por superstición más que por gentileza, pocos se atreven a transgredir. Si José Mourinho hizo carrera vulnerando la costumbre, Pep Guardiola, su némesis, fue un modelo de su cumplimiento estricto. Hasta este viernes cuando alguien le preguntó en la conferencia de prensa por Mino Raiola, el agente, que lo había llamado “perro” y “mala persona”. Guardiola se mordió la lengua antes de desinhibirse. Su contraataque a Raiola y, por extensión, la pica que le clavó a su cliente Paul Pogba, resultó en una provocación involuntaria. Por la forma en que Pogba celebró sus dos goles este sábado en el clásico de Manchester, se habría dicho que estaba motivado por una idea de venganza. El 2-3 definitivo selló la remontada del United, impidió a Guardiola cantar el alirón más rápido de la historia de la Premier, y sumió al City en un estado de confusión y desánimo especialmente inoportuno. El equipo celeste recibe este martes al Liverpool obligado a levantar un 3-0 con apariencia de definitivo para alcanzar las semifinales de la Champions.
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