La pasión argentina por excelencia continúa con pronóstico reservado. El fútbol argentino vivió hace unos días otro episodio de violencia extrema que dejó un muerto. Sucedió en el estadio Mario Alberto Kempes de la ciudad de Córdoba (a 700 kilómetros de Buenos Aires), cuando una horda de fanáticos de Belgrano golpeó a Emanuel Balbo por creerlo hincha de Talleres, el clásico rival. Al joven de 22 años lo apalearon y tiraron de la tribuna y los golpes terminaron con su vida. El hecho conmocionó a la sociedad entera y el Gobierno Nacional ordenó por decreto una serie de medidas para terminar con este mal endémico de Argentina: la violencia e inseguridad en el fútbol. Un fenómeno que se ve en las tribunas pero arranca mucho antes: en autobuses destartalados que llevan a los hinchas colgando, violentos cuidacoches que integran o tienen lazos con la barra y extorsionan a los aficionados y miles de policías apostados en interminables cacheos pero que no logran prevenir ni una gresca, muchas veces provocan a los espectadores en ingresos y salidas o se preocupan en mirar el partido o su móvil y no las gradas.
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