Entre la plaza Vendôme de París, la del monolito y las joyerías, y el pueblo de Vendôme, junto al Loir apacible, entre châteaux y mansiones con tejado de pizarra que brillan negrísimos bajo el cielo gris en los planos aéreos televisivos, hay 177 kilómetros y un mundo que los ciclistas de la París-Niza atravesaron por carreteras estrechas y azotadas por el viento frío y, a veces, dando la vuelta al pueblo, por caminos rurales empedrados de blanca gravilla calcárea y limoso barro gris claro.
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