Se palpaba en el ambiente que el clásico del pasado domingo podía convertirse en una oda magnífica a la vergüenza ajena, un buen anticipo para lo que todavía está por venir con una nueva edición del Festival de Eurovisión en el horizonte. No se habló durante la previa más que de afrentas pasadas, en especial de las referidas a pasillos invisibles y otros desplantes al campeón, lo que en clave euro fan equivaldría a la clásica pataleta de “los países del este se votan entre ellos”. Así pues, no es de extrañar que el magnífico espectáculo deportivo ofrecido por ambos equipos haya quedado reducido, días después, al terreno fangoso de la anécdota, el contubernio y la propaganda.
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