Atraviesa el pelotón el valle del Belice, la Sicilia martirizada por el terremoto del 68, sus cicatrices tan visibles 50 años después. A un lado de la carretera nueva, medio oculto, el pueblo fantasma de Poggioreale, casas aún verticales, sin tejado algunas, muchas solo paredes, otras aún parecen completas. Abandonadas, y sus calles. Es imposible entonces no mirar a Chris Froome, pálido, que se agita sobre la bicicleta, y suda. Un ciclista fantasma, por supuesto. Una ruina cubierta por cemento tan blanco como su maillot blanco Sky ajustadísimo, como los bloques de cemento blanco con que el artista Alberto Burri vistió todas las casas de Gibellina, otro pueblo desaparecido en el terremoto. Desde el aire, el helicóptero ofrece las imágenes de grandes bloques, gigantescos, separados por grietas de la tierra. La memoria de un horror.
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