A Virgil van Dijk se le notan las virtudes hasta en los andares, como a esos grandes mitos del celuloide que ni siquiera necesitan de un buen texto para brillar. Viéndolo jugar, uno tiene la sensación de estar redescubriendo a Marlon Brando al visionar El Padrino por primera vez, reconociendo en él todas las virtudes anteriormente demostradas pero con algo nuevo, algo diferente, algo que lo empuja un paso más allá de lo que nuestro cerebro parece dispuesto a admitir. “Era increíble verlo trabajar, descubrir cómo todo aquello que habías estudiado se manifestaba ante tus ojos”, dijo James Caan sobre su padre ficticio en una ocasión. Algo similar deben pensar todos los compañeros de profesión que han votado al holandés como el mejor futbolista del año en la Premier League.
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