No había manera de silenciar a los cerca de 20.000 croatas que se apoderaron del ruido en el Estadio de Luzhniki. Ni el de gol de penalti Griezmann ni el de Pogba, tampoco el que sentenció la final de Mbappé amordazó a los hinchas balcánicos, felices, sobre todo ruidosos en Moscú. "Un corazón, una fuerza, mi tierra Croacia", rezaba la bandera que desplegaron los seguidores del equipo de Zlatko Dalic en el ala este del estadio Olímpico moscovita. Una afición en simbiosis con su equipo, guerrero, unido, imposible de tirar a la lona, ni siquiera cuando la fortuna le dio la espalda y el VAR le enseñó que no hay millones de cámaras que apaguen la subjetividad del árbitro.
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