Mientras Ronaldinho encendía y removía las gradas del estadio Luzhniki aporreando los timbales, Antoine Griezmann adoptaba su particular cara de finalista. Había miradas fijas como las de Giroud, Mandzukic o Rakitic sonrisas nerviosas como las de Mbappé cuando el alemán Philippe Lahm descubrió la Copa del Mundo y la situó en el pedestal. La ansiedad seca la boca, e instalado en el último lugar de la fila de los internacionales franceses Griezmann parecía querer combatir la escasez de saliva silbando.
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