A Girona nunca pareció interesarle demasiado el fútbol. Al menos aparentemente. Los fines de semana había cosas más interesantes que hacer que pasarse por Montilivi. La Costa Brava está a la vuelta de la esquina, los Pirineos también y la ciudad ofrece muchos planes, culturales, pedagógicos y una de las mejores gastronomías del mundo. Planes que, a priori, se antojan más tentadores que la pelota; sobre todo en invierno, cuando el frío pica en el estadio del cuadro rojiblanco. Pero algo cambió en los últimos años. Desde que el equipo que entonces dirigía Rubí (hoy entrena al Huesca) rozó el ascenso a Primera División en 2013, hasta que el de Machín logró colarse en la élite después de otros dos intentos frustrados (2015 y 2016), la ciudad comenzó a entregarse al fútbol.
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