Hace unos meses, un presidente de federación española, fatalista por tanto, contaba que no había que preocuparse por nada, que los problemas que se hablaba que tendría Río, la seguridad, el transporte, el caos global y el mosquito, se resolverían en un plis-plas. “Sacarán el Ejército a la calle y todo funcionará”. El optimista dirigente tenía razón, aunque solo a medias. El Ejército está en la calle; el caos en la olímpica, festiva y veraniega Río en el invierno brasileño, crece día tras día.
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