vendredi 17 juin 2016

Y Morata levantó la cabeza

“¡Tur-qui-á Tur-qui-á!”. El fervor turco que emanaba de una esquina teñida de rojo chillón contrastaba con la calma y el verdor de las colinas surcadas por carreteras serpenteantes y salpicadas por lujosos chalés que se atisban desde el estadio de Niza. La ruidosa algarabía de la hinchada otomana casaba más con los aspavientos de su seleccionador que con el adinerado entorno de la Costa Azul francesa. Elegantemente trajeado, Fatih Terim trataba de transmitir con impulsivos ademanes su electricidad en los primeros minutos del encuentro. Mientras Terim gesticulaba embravecido, los primeros toques de España fueron recibidos con silbidos por la grada turca. El estilo español genera entre los aficionados contrarios un temor prematuro. Existe la certeza de que España empieza y termina tocando y esos primeros pases siempre pueden ser el inicio de una fatalidad, un gol que derribe un planteamiento y desinfle a una tropa tan entusiasta como se mostró la turca.

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