vendredi 17 juin 2016

España ve la playa

España acampó en su banda izquierda. Lo hizo como si hubiese encontrado un río. Alba vio pájaros y llamó a Iniesta, Iniesta avisó a Nolito. Parecían los de la playa de Danny Boyle, esos semimísticos que terminan muriendo de pureza. Se daban el balón con tanto gusto que no existía la portería ni la violencia, tampoco la traición ni las medicinas. Hasta que, cansado en Niza, donde es más fácil cansarse de champán y MDMA, Nolito embocó un centro perfecto que tenía mucho de sus disparos: un arco que sobrevoló el área hacia la cabeza de un depredador, Álvaro Morata. Fue un golazo. Sucedió rapidísimo. España había encharcado el campo de gasolina con una red monstruosa de pases que fingían ser inocuos; en cuanto Morata prendió la mecha Turquía ardió como una iglesia. Y hacia ella, olfateando, se acercaron todos los españoles a recoger el botín. Donde hay Dios, se decía en el medievo, hay sexo; las obras de los templos atraían a los albañiles, como las gaviotas, a los tiburones.

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