La de Aitana Bonmatí no era la clásica familia futbolera. De hecho, ella empezó a practicar el baloncesto. Hasta que un día, con unos siete años, aterrizó en el patio del colegio para jugar al fútbol rodeada de niños y le gustó tanto que terminó apuntada al equipo del pueblo, Sant Pere de Ribes (Barcelona). “Yo no me escondía. Si me insultaban y pegaban, les daba más. No aceptaban que una niña chica pudiera jugar igual que ellos, les daba rabia”, recuerda ahora. “Pero aquello me vino bien porque sin carácter ni ambición no llegas a nada”.
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