Al mediodía, las ciudades despiden a los ciclistas, que se van con el Tour a otra parte y transforman las vallas que han delimitado la carrera en cercos para sus canchas de petanca bajo los plátanos. Los más audaces se han ido al amanecer casi a las cunetas de hierba suave y han plantado sus sombrillas y hamacas, que vuelan y derriban corredores a veces. Ven pasar el Tour, después ven el Tour por la tele. En las terrazas a la sombra comen los jugadores y después se tumban en el sofá para ver la etapa. Del sopor les sobresalta una como explosión y abren los ojos con el tiempo justo para ver a Sagan, de verde como siempre, haciendo el Hulk a 60 kilómetros por hora en la línea de meta, y dicen, “¡jopé! ¡Qué bárbaro!”
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