Las lágrimas de Balaídos. Iago Aspas es para el Celta lo que fue Gerrard para el Liverpool, Maldini para el Milan, Buffon para la Juve o Raúl para el Madrid. Con una diferencia, que en el Celta no hay tantos focos. Aunque pensándolo bien quizás por eso todo tenga más sentido. Las lágrimas de Iago en el banquillo de Balaídos eran lágrimas de aflicción. Ni alegres ni tristes, agónicas. Esas que salen cuando eres totalmente consciente de todo lo que hay en juego y cuando has estado bajo una presión interna y externa brutal. Eso es lo que ha vivido Aspas en los últimos dos meses, sufriendo por una lesión y por la complicada situación de su equipo, su club, su gente. No había prisa en que jugase por miedo a una recaída y así poder perderle para el resto de temporada, pero había una urgencia y una necesidad feroz de contar con un jugador tan determinante tanto dentro como fuera del campo. Con un carácter y una presencia que ilusiona a los aficionados y que genera seguridad en sus compañeros. Esos jugadores son especiales, únicos. Cambian dinámicas, sirven de punto de inflexión y renuevan energías.
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