De vez en cuando irrumpe un prodigio en el fútbol que nos ciega con su talento, mientras a la vez va dando pequeños pasos hacia su autodestrucción. Pasos, aún no tumbos. ¿Seré Dembélé uno de ellos? Empieza a enviar señales preocupantes, como aquellos niños que le encontraban gusto a jugar con cerillas. Ya conocemos la estirpe de los futbolistas peligrosos. Es decir, peligrosos para los rivales y todavía más peligrosos para sí mismos. Apenas logran que el mundo vuelva la atención hacia su juego, y escuchan cómo se entona, por ellos, la palabra genio, o crack, o fenómeno, su vida se desordenada, y al cabo su magia se borra. Es sabido que el fútbol de élite te exige que sea el asunto más importante que te traes entre manos también cuando no lo estás practicando. Digamos que no se agota tras noventa minutos. Cuando los entrenamientos y los partidos cesan, el fútbol continúa, aunque por otros medios.
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