Hace apenas un mes y medio, Sergio Fernández era una duda, una duda tan enorme como su cuerpo alto y fuerte, pero menor que su voluntad, que pudo con todo. Un atleta que salía de una lesión grave, un isquio desgarrado, el músculo del velocista y el saltador, seis meses sin correr, un año, desde los Juegos de Río, sin sentirse en plenitud. “Intentaré hacer algo aún”, dice a finales de junio. “No sé, cualquier cosa para demostrarme que sigo siendo atleta, pero ya pienso en 2019…”
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