lundi 2 juillet 2018

Los muertos que vos matáis

La semana pasada miré el partido de Argentina contra Nigeria en mi casa, antes de una cita con un director de teatro y de una cena con un músico. No sé por qué le piden textos sobre fútbol a alguien que no sabe nada sobre el tema, como es mi caso, cuando difícilmente se le encargaría un texto sobre economía a alguien que no supiera nada de economía, pero encuentro en el Mundial una extraña voluntad de reflejar cosas que exceden al deporte. Ese martes 26 el partido —que clasificó a mi país para los octavos de final— terminó poco antes de las cinco, hora de Buenos Aires, y mi cita con el director de teatro era a las cinco y media, de modo que apagué el televisor y salí a buscar un taxi. La calle hervía de euforia después de esa clasificación agónica sobre la que ya se ha dicho todo (y durante cuya transmisión los mismos relatores que al término del partido que Argentina perdió contra Croacia habían lapidado al equipo diciendo que era “la nada misma”, gritaban cosas como “¡Te amo, Rojo! ¡Agarrate, Francia, allá vamos! ¡Qué orgulloso estoy de haber nacido en este país!”, sólo para lapidarlo nuevamente el sábado 30 cuando, ya eliminado, volvieron a descerrajarle sobre el lomo frases como “un fracaso estrepitoso” y “si hacés todo mal, te va mal”). Al salir de mi casa no tenía idea de que en breve Maradona iba a estar muerto. De hecho, lo supe sólo a medianoche, cuando regresé de la cena con el músico y me enteré por las noticias. Al parecer, Maradona se había descompensado a minutos del pitazo final y había terminado en la enfermería. Poco después empezaron a llegar a las redacciones dos audios de whatsapp en los que un hombre le daba a entender a otro que Diego había muerto. El audio era falso, pero recorrió el planeta en segundos gracias a las redes sociales y los medios de comunicación. A medianoche, Maradona seguía aclarando que estaba vivo.

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