Obsérvese bien la imagen que acompaña, al menos durante unos pocos segundos. Ese hombre que grita como un energúmeno hacia el cielo de Londres tiene motivos de sobra para hacerlo. Es Novak Djokovic, uno de los mejores tenistas de la historia y ahora, después de su triunfo en la final de ayer contra Kevin Anderson (6-2, 6-2, y 7-6, en 2h 19m), poseedor de cuatro trofeos de Wimbledon y 13 de los Grand Slams. Un campeón renacido que hoy día rebosa de alegría, pero que hasta hace nada ha pasado las de Caín, con su brillante carrera transformada en un misterio y su modelo vida puesto en entredicho.
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