Llega la primavera a Valls cuando el sol deja entrar un aire frío en su retirada y un ciclista de edad otoñal (para lo que se lleva en su profesión así son sus 37 años, casi 38, sus 16 años en el pelotón) levanta los brazos victorioso y jovial. Es Alejandro Valverde, que no se aburre de ganar. Mejor expresado: que solo se divierte ganando. Por eso, por puro vicio, quizás, y porque quería distraer a su hijo, Iván, que se rompió la clavícula jugando al fútbol el domingo y le operan el miércoles, ganó con un estilo que ya no cultiva (al sprint) una etapa que no tenía prevista (la víspera de una montaña que será tristemente escamoteada) en su muy estudiado camino hacia la victoria en su tercera Volta, que no será como esperaba tampoco.
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