No hay pliegues ni dobleces: sobre la pista (y lo mismo fuera de ella), Garbiñe Muguruza es un libro abierto. Ayer, nada más poner el primer pie en la central de Melbourne, sobre la que ya caía un espeso manto de calor a media mañana, se la vio incómoda. Luego, esa falta de confort fue aumentando hasta traducirse en ampollas, sudores fríos, algún que otro aspaviento –recibió un warning por un pelotazo del que se arrepintió de inmediato– y finalmente una derrota que le apeó de forma prematura del primer grande de la temporada. Perdió por 7-6 y 6-4 (en 1h 59m), contra la china Su-Wei Hsieh, y se despidió de Melbourne con una derrota que exige una revisión, porque no aterrizó bien en Australia y se marchó con el mismo mal sabor de boca.
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