La advertencia no tardó en llegar. Por la mañana, cuando ya se había asomado el sol por Melbourne Park pero aún no castigaba del todo, un grupo de personas rodeaban a una mujer que al descender del tranvía se desplomó debido a un golpe de calor; y continuó después, durante toda la jornada, porque los termómetros se dispararon en Melbourne. De ahí la estampa recurrente del día: aficionados refugiados bajo cualquier sombra y tenistas jadeantes, refrescándose a duras penas con toallas heladas y aguas minerales, porque el azote fue considerable. Se había hecho esperar, porque los tres primeros días habían concedido tregua, pero al final llegó el momento: la ciudad encendió el horno y el torneo entró en ebullición.
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