Llover, llovía como tanto se necesitaba, pero en el fútbol de hoy en día la lluvia se la traga la hierba con la misma facilidad que la Real se tragó al Eibar: como si fuera saliva. El equipo de Mendilibar murió en media hora, ajusticiado por sus propios errores. Si a los fracasos posicionales se suman los aciertos colectivos e individuales de la Real, el equipo armero malgastó otra jornada para encontrarse en el espejo donde otros años tan guapo se veía. La Real ganó por tierra, mar y aire. A ras de hierba construyó un gol bellísimo, el tercero, con un pase interior de Ilarramendi que imagino a la perfección la diagonal de Oyarzabal para enfrentarlo al portero Dmitrovic. Cuando más llovía, como si fuera un mar vertical consiguió un gol, el segundo, en un tiralíneas entre Xabi Prieto y Januzaj. Y por el aire abrió el marcador con un cabezazo de Williamn José gracias a un poderoso salto que empequeñeció el tamaño de Lombán. Pero en todos los goles hubo una constante: la espalda de los tres centrales estuvo tan al descubierto que la defensa del Eibar se gripó. Muchos defensas para un solo delantero y pocos centrocampistas para tantos rivales. El triángulo Januzaj-Prieto-Odriozola fue una tormenta durante toda la primera mitad, una tormenta de triángulos, regates, centros y remates más poderosa que la lluvia, tan estéticas ambas en los partidos del invierno. Apenas resistía el Eibar por el ímpetu de Capa contabilizando tres disparos lejanos que midieron a Rulli antes de olvidarse de él.
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