jeudi 13 juillet 2017

La belleza de ser Roger Federer

Hay muchas maneras de descubrir la soledad, pero solo en dos está estipulado que se haga en compañía de otra persona y encerrado en unos pocos metros cuadrados: el matrimonio y el tenis. Ambas gozan con justicia de una vasta platea de apasionados. Puesto que esto no es un artículo sobre el matrimonio, con el fin de escribirlo me trasladé hace unos días a la zona sudoeste de Londres, donde, desde hace 140 años, se celebra el torneo de tenis más famoso del mundo: Wimbledon. Juro que si Dios jugase, sería socio del club, y ni siquiera le darían la mejor taquilla.
Yo había madurado la penosa pero incurable convicción de que, habiendo dedicado buena parte de mi vida a estudiar el misterio de la belleza, era imperdonable que todavía no hubiese visto jugar a Roger Federer, el jugador más grande de todos los tiempos. Me he perdido a la Callas; Mohamed Ali estaba demasiado lejos; a Bobby Fischer se le fue la cabeza cuando yo todavía iba al instituto. Así que pensé: “Con Federer no me la dan”. Y ha sido en Wimbledon. Se ve que era el destino.

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